Una ponencia presentada en el VII Congreso Internacional de Medicina Ambiental celebrado el fin de semana pasado en Madrid, denuncia que estamos viviendo una epidemia de autismo y que ésta tiene que ver con nuestro estilo de vida. En 2015 se calcula que uno de cada 25 niños padecerá esta enfermedad.
Es un lugar común pensar que el autismo es una enfermedad mental. Sin embargo, la pediatra María Jesús Clavera, especialista en autismo desde
hace doce años, explica que se trata de un trastorno fisiológico cuyas repercusiones mentales vienen a posteriori.
"Es un síndrome inflamatorio que afecta al aparato digestivo, al
cerebro y al sistema inmunitario", explicaba en su ponencia del fin de
semana en el VII Congreso Internacional de Medicina Ambiental organizado
por la Fundación Alborada en Madrid.

Estos
síntomas hacen pensar en una respuesta del cuerpo a una agresión
exterior, una agresión exterior relacionada con nuestro estilo de vida a
juzgar por el preocupante incremento de los casos de autismo en
occidente. "No solo estamos viviendo una epidemia, sino que es
explosiva", subraya en conversación telefónica con Qué.es. "El número
de autistas se duplica cada dos años en las sociedades tecnologizadas".

Mientras en lugares como África esta enfermedad es prácticamente inexistente, datos
del Center for Disease Control
de Estados Unidos revelan que en 2012 había ya un niño con autismo por
cada 45. La doctora recuerda que en los años 80 no era más que uno por
cada 5.000. "Para 2015 habrá un niño autista por cada 25", denuncia. Y
añade: "Una pareja que se ponga ahora a tener hijos tiene muchas papeletas de tener un niño autista".

NO ES MALA SUERTE
Para
la doctora Clavera el autismo no es en absoluto una cuestión de mala
suerte. Aunque, por supuesto, es una enfermedad multicausal en la que
influyen factores genéticos, cree que la incidencia de los factores ambientales es evidente.
Cita como ejemplo las amalgamas dentales, presentes en el 70 por ciento de las madres de niños autistas. "Antes se usaban mucho para las caries. En su composición llevan mercurio, que se libera en la boca y es altamente tóxico".
Por supuesto, no es el único factor. La toxicidad presente en alimentos o productos de higiene y limpieza
también puede incidir. De hecho, el tratamiento para los niños autistas
que trata en su consulta tiene que ver con la eliminación de estos
productos del entorno del menor.

"Hay entre un 20 o un 30 por ciento de niños que se recuperan,
pero con un esfuerzo titánico por parte de las familias. Deben hacer lo
posible por vivir como se vivía en el siglo XIX", apunta. Además, por
supuesto, necesita tratamiento mental. "Durante el tiempo que ha estado
'desconectado' el niño pierde muchos estímulos".
Clavera
reivindica las políticas de prevención y reclama estudios y regulación.
"Es alarmante que las autoridades no atiendan a esta realidad".
OTRAS ENFERMEDADES
La
doctora Pilar Muñoz-Calero, presidenta de la Fundación Alborada,
explica que los tóxicos son un factor importante también en el
desarrollo de otras 'enfermedades emergentes', como
enfermedades autoinmunes, alergias u otras como el Alzhéimer o el Parkinson. "Son multicausales, pero una de las causas son los contaminantes", subraya.

Uno
piensa en la contaminación atmosférica o la generada por los coches,
pero la doctora insiste en que está presente en elementos muy
cotidianos, en nuestras oficinas y en nuestras casas.
Por ejemplo, hasta hace poco era habitual utilizar plomo en la
composición de la pintura de las paredes, un elemento que "contamina no
solo mientras huele o hasta que se seca, sino que dura 20 años".
Desde
la asociación piden una regulación más restrictiva con los químicos.
"Existen más de 100.000 sustancias que se han liberado sin demostrar su
inocuidad. Quizá cada una de ellas individualmente no sea nociva, pero la suma de todas las pequeñas dosis de cada
sustancia es la que está generando problemas", explica.


Muñoz-Calero cita como ejemplo de permisividad el caso reciente del Bisfenol A. Hace tiempo que "está demostrado que está relacionado con el cáncer" y, aunque la Unión Europea
prohibió en 2011 su uso en biberones y la industria tiende a retirarlo
por su mala prensa, lo cierto es que está permitido en el resto de los
productos.
"Nuestro cuerpo es un laboratorio", ironiza.